'Los escritores en la escuela' reúne testimonios de la experiencia escolar.
'Los escritores en la escuela' reúne testimonios de la experiencia escolar.

Catorce escritores narran sobre sus horas escolares

Libro. Los escritores en la escuela compila relatos autobiográficos, entre otros, de Watanabe, Valcárcel, Martos, Urteaga, Higa, Portal, Juan Cristóbal, Pimentel y Eslava.

La República
31 Dic 2019 | 19:45 h

Por: Fernando Carrasco

Antes se decía de que la letra entra con sangre, y eso no era una ficción. Era una dolorosa verdad (ahora, que hay conciencia de los derechos del niño, ojalá ya no lo sea). Sí, la niñez es un paraíso perdido en el que han quedado en imágenes para siempre la escuela, el hogar, los amigos y los primeros amores. Allí también, para quienes después han llegado a ser escritores, han quedado, entre viejas carpetas, cuadernos, lápices, los primeros garabatos, las primeras señales de una relación amorosa con la literatura, esa pasión desaforada de inventarse otras realidades. El libro Los escritores y la escuela, compilación de Julio Dagnino y publicado por la Casa de la Literatura Peruana y el Instituto de Pedagogía Popular, rastrea esa primigenia experiencia en 14 escritores peruanos.

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Se trata de relatos autobiográficos publicados en la revista Autoeducación, entre 1982 y 1995.

Sin duda, los textos, además de ser una invitación a la biografía de los autores, tienen un valor como pieza literaria, como por ejemplo el testimonio de Luis Urteaga Cabrera.

El autor de Los hijos del orden escribe: “Compañero infatigable de mis primeras letras”, que es un homenaje al burro del pueblo, ser decisivo en la educación de los niños, pues con este animal se vendía la leña para que el maestro se apoyara económicamente y para que se adquirieran más útiles escolares para los alumnos. Cuenta el escritor que siempre un alumno, a manera de sanción, tenía que ir por el pueblo llevando al burro con la leña y voceando la mercadería. Él era un castigado feliz junto a su amigo: “Lo atendía, le daba su comida, lo bañaba en la acequia, le quitaba los parásitos de las orejas, le curaba las heridas ocasionadas por la leña, conversaba con él de mis angustias y alegrías de niño” (p. 109).

El poeta Cesáreo Martínez, quien evoca con nostalgia el pueblo de Cotahuasi (Arequipa), el entorno familiar y rinde homenaje a su maestra Olga Pérez Vela. “Los primeros días de escuela –escribe el poeta– fueron para mí de verdaderas batallas. No me acostumbraba a esa nueva vida y me resistía con todas mis fuerzas, mejor dicho, con todas mis lágrimas. Mi hermana Irene me convencía con cariños y regalos, y cuando me ponía rebelde me llevaba a rastras hasta el salón de la señorita Olga”.

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El poeta José Watanabe rememora su niñez, el amor materno y, sobre todo, la casa de campo del hacendado José Ignacio Chopitea, lugar que luego se convirtió en la escuela de los niños de Laredo.

El poeta Gustavo Valcárcel nos recuerda que no siempre la niñez es un remanso de felicidad. El autor de Confín del tiempo y de la rosa hace un breve recuento de sus diez años como estudiante becado en el colegio Salesiano de Lima. Sus recuerdos y confesiones son tristes y terribles: “Recuerdo, cierta vez, haber irrumpido bruscamente en la pequeña oficina del cura confesor –un mestizo rechoncho, de baja estatura–, y le hallé practicando con un niño rubio un acto de tan monstruosa obscenidad” (p. 59). Y el escritor piurano Cronwell Jara recuerda que ya en Lima tuvo una hermosa maestra: Gloria Pizarro, quien le enseñó las primeras letras a los cinco años. También existió por esos tiempos la contraparte de la buena maestra. Una señora, Chipoca, que le dejó pesadumbres: “¡Y todo debido a la mujer más endemoniada y cruel que, como profesora, he conocido!” (p. 63).

Dilo con versos

Asimismo, Magda Portal resalta el rol esencial de su madre, quien al quedarse viuda tuvo que velar por sus hijas. Portal evoca su paso por un colegio de señoritas, donde, a escondidas de las maestras, escribió sus primeros versos. El poeta Marco Martos no abriga gratos recuerdos de su paso por el colegio Salesiano de Piura, por ello, resalta el amor recibido por sus padres, las vacaciones en Paita y, posteriormente, su estadía en el colegio San Miguel: “Conservo un orgullo secreto que ahora escribo por primera vez, por haber estudiado ahí; pero nunca he podido cumplir mi fantasía de adolescente de regresar como profesor” (p. 75).

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El poeta Jorge Pimentel rinde homenaje al trabajo infatigable de sus padres con el fin de brindarle una niñez feliz a pesar de las carencias. Enfatiza que el colegio le permitió “comprender que había ricos y pobres. Que se daba preferencia a los extranjeros y que nosotros éramos la última rueda del coche” (p. 80).

El poeta Pedro Escribano recuerda Acarí y su escuela rural. Rosina Valcárcel, Juan Cristóbal, Augusto Higa, hacen lo mismo de sus años escolares. Jorge Eslava y la recordada poeta Esther Castañeda resaltan sus experiencias como estudiantes y maestros.

Sin duda alguna, Los escritores en la escuela prueba que para los escritores citados siempre la literatura es fuego.

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