Cien años de amorosidad

“Gabo decía que no entendía cómo una persona que quiera ser culta, no tenga la música como elemento fundamental de su formación”.

Eloy Jáuregui
10 Mar 2020 | 6:46 h

En París, en 1956, Gabriel García Márquez se ganaba la vida cantando rancheras y boleros sangrantes. Se había quedado sin trabajo porque El Espectador estaba clausurado por el dictador Rojas Pinilla. Con los 500 francos que ganaba pegando alaridos le alcanzaba para su cuarto, pan y vino.

Ese pasaje lo celebra hoy la Fundación Gabo por los 93 años del nacimiento del nobel. Y es que sin música no se entendería la monumentalidad de su literatura. Gabo aseguraba que Cien años de soledad era un vallenato de 450 páginas, que El otoño del patriarca un concierto para piano de Béla Bartók y El amor en los tiempos del cólera un bolero sobre amores contrariados.

Gabo, que era un melómano de siete suelas, decía que no entendía cómo una persona que quiera ser culta, no tenga la música como uno de los elementos fundamentales de su formación humanista. ¿Qué música? Todas.

Igual que el idilio de Vargas Llosa con el mambo y la música criolla. Lean su homenaje a Cecilia Barraza cuando canta “Jamás impedirás”. Y el nexo es intenso con Chabuca y Heraud, César Miró, Juan Gonzalo o Calvo. Esa riqueza musical hoy se ha perdido. Hay un programa en Canal 7 donde sacrifican lo poco que queda del criollismo. Gabo, que decía que la inspiración le entraba por la oreja, hoy estuviera sordo con ese programa.

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