Para Alfredo Torres, el presidente Martín Vizcarra no es alguien que se caracterice por implementar medidas audaces. En cambio, añade, prefiere mantenerse en el centro, sin llevar adelante medidas radicales.
Para Alfredo Torres, el presidente Martín Vizcarra no es alguien que se caracterice por implementar medidas audaces. En cambio, añade, prefiere mantenerse en el centro, sin llevar adelante medidas radicales.

Alfredo Torres: “La mitad de los peruanos cree en las encuestas y la otra mitad no”

Presidente ejecutivo de Ipsos Perú.

Enrique Patriau
05 Ene 2020 | 7:27 h

El presidente ejecutivo de Ipsos Perú, Alfredo Torres, conversa sobre el año político que se acaba de ir, sus ganadores y perdedores, y sugiere algunas ideas sobre lo que podríamos esperar para este 2020, que tiene como primera cita importante las elecciones legislativas del domingo 26.

Las elecciones legislativas son en tres semanas y no se ve mayor interés. ¿Por qué?

Veo dos factores. El primero, las campañas en el Perú siempre han sido personalistas. Esta vez no hay candidatos presidenciales y las campañas al Congreso nunca han sido muy atractivas. Lo segundo, es que hay descrédito y desencanto hacia la clase política, una desafección, y a muchos les da lo mismo quién sea electo a fin de mes.

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La gente quería que el Congreso se cerrara, sin importar quién llegara luego.

Exacto, esa es la situación. Existía un gran malestar con las actitudes del Congreso anterior, percibidas como obstruccionistas, algo que la exmayoría parlamentaria nunca entendió. La gente quería un Parlamento colaborador, que caminara en la misma dirección del Ejecutivo. Al mismo tiempo, no hay mucha expectativa ahora porque la institución se ha desprestigiado y a eso hay que sumarle las denuncias de corrupción.

Todo parece indicar que tendremos un Congreso más fragmentado, sin mayoría absoluta, ¿cierto?

Posiblemente vamos a tener entre cinco y siete partidos con representación, ninguno con mayoría absoluta. En ese sentido, debería ser un Pleno más parecido a los que hubo antes del 2016.

En un escenario así, ¿cómo sería la relación con el Gobierno?

En principio, esa relación debería ser menos mala, ¿no? Igual, hay que esperar a la composición final del Congreso. Fuerza Popular, todo hace indicar, tendrá una representación importante, aunque no mayoritaria. Acción Popular es otro partido que obtendrá una votación llamativa. A todo esto hay que sumar cómo le irá a Martín Vizcarra.

¿En su aprobación?

Primero, en lo del fallo que tendrá que dar el Tribunal Constitucional sobre el cierre del Congreso y, segundo, en las encuestas de opinión. Si lo que diga el TC es desfavorable para Vizcarra, puede provocar en el Congreso una actitud más distante y alentar posiciones más radicales, como sería una vacancia. Por otro lado, si el respaldo al presidente disminuye, también es posible que el Congreso asuma posiciones más críticas.

Un respaldo que, con altas y bajas, se mantiene en un nivel interesante.

Sí, Vizcarra ha logrado representar el sentir popular respecto de la lucha contra la corrupción.

De acuerdo. De acá para adelante viene lo más complicado.

Por supuesto. Esos momentos estelares que tuvo Vizcarra, con la convocatoria al referéndum o la disolución del Congreso, no se van a repetir.

¿Entonces podría haber un declive en su aceptación popular?

Es probable. Lo que está en duda es la pendiente de ese declive, que puede ser suave o más aguda si aparecen hechos…

¿De corrupción?

De corrupción. Hay denuncias que han aparecido, pero…

¿Deberían ser más sólidas?

Más sólidas. Si no hay eso, lo que podría ocurrir es que el presidente estacione su popularidad por debajo del 50% y por encima del 30%. Si logra mantenerse alrededor del 40%, va a concluir su mandato sin mayores dificultades.

Comparado con otros presidentes, 40% es una cifra apreciable.

Sí. Van a ser fundamentales los seis meses que vienen. A partir de julio ya entramos al último año de gobierno y ya, casi, en la campaña electoral.

Ahora, a este Gobierno le queda por delante año y medio. No es poco. La gente le debería empezar a exigir resultados. ¿O para usted Vizcarra es más percibido como un presidente de transición?

Sí, y yo creo que por ahí está la clave. Si Vizcarra logra mantener esa imagen de gobierno de transición, la gente le va a exigir menos, porque al final la aprobación o desaprobación de una autoridad tiene que ver, también, con las expectativas. Si se espera mucho y no se hace demasiado, la frustración crece. Yo pienso que la estrategia de Vizcarra va por convertirse en un presidente de transición. De hecho, se ve que no le gusta arriesgar mucho en ciertas decisiones.

¿De qué tipo?

En decisiones que, por ejemplo, tienen que ver con reformas económicas, sociales. Le gusta andar en sintonía con lo que piensa la mayoría. No hace cosas en contra de lo que piensa la gente.

Apuesta a seguro.

Así es. Con el nuevo Congreso en funciones, le podrá plantear algunas propuestas o iniciativas, entre ellas continuar con la reforma política, para compartir responsabilidades.

¿Cómo ve la gente a Vizcarra?

Como una persona pragmática, concertadora, un líder moderado, un hombre de trabajo y cercano, atributos que hacen que tenga aceptación. A Pedro Pablo Kuczynski lo veían como alguien de la élite limeña.

¿Es justo cuando se le dice a Vizcarra que es un populista?

Con un añadido: Martín Vizcarra es un populista de centro.

¿Cómo es un populista de centro?

Es decir, no es un populista de extrema derecha o de extrema izquierda, por lo que los riesgos son más acotados. No hace nada demasiado audaz, prefiere estar con el centro y no atreverse a implementar medidas radicales.

¿Disolver el Congreso no fue una salida audaz?

Sí, lo fue, pero para efectos de la economía del país, o de la vida de los ciudadanos, no es algo que genere una huella patente, digamos. Es más, se convocó a elecciones de inmediato. La vida cotidiana no ha sufrido. Ciertas reformas económicas, como duplicar el sueldo mínimo, podría generar aplausos en mucha gente y, al mismo tiempo, muchos problemas en pymes que no podrían pagar esas obligaciones. Eso es un populismo extremo.

Luego de todo lo vivido el 2019, ¿cuál es la consecuencia que puede haber en la relación que los peruanos establecen con la política?

Lo primero por decir es que se genera una mayor desconfianza hacia los políticos. Casi todos los líderes que han ejercido poder en estos 20 años que lleva el siglo, están siendo investigados bajo sospechas serias de corrupción. Eso va a hacer que la gente y la prensa estén más atentos, más alertas. El problema, en todo caso, es que hay un grupo muy grande que no quiere saber nada con la política, y eso puede hacer que los más conocidos sean los que consigan más votos…

No los más preparados.

Ese es un riesgo en estas elecciones parlamentarias, porque la campaña es tan corta y genera tan poco interés que, para decirlo de esta forma, lo malo conocido tiene ventaja sobre lo bueno por conocer.

El que se fue ha sido un año muy intenso en lo político…

El más intenso del siglo, con lo del suicidio de Alan García y las investigaciones de Lava Jato.

Decía lo del año intenso porque luego de lo que se ha visto en Chile o Ecuador, al Perú lo ponen afuera como un ejemplo de estabilidad. Para todo lo que hemos visto acá suena raro.

Es verdad, es una paradoja. Lo que se ha avanzado en el Perú, en temas como la lucha contra la corrupción, incluso el cierre del Congreso, son elementos que han ayudado a que los ciudadanos…

¿No exploten?

Por cierto. Si, como ha ocurrido en otros países, la clase política se hubiera puesto de acuerdo para taparse unos a otros y que no avancen las investigaciones, podría haber habido una explosión social. En la ciudadanía las percepciones a veces son más importantes que las propias realidades y, en el Perú, la percepción es que se está avanzando en la pelea contra los corruptos y que no hay intocables. Cuando uno ve a políticos importantes en prisiones preventivas, la gente siente que hay avances. Dicho esto, el 2020 tiene que ser el año en el que empiece a haber condenas porque lo único que ha habido, hasta ahora, son prisiones preventivas, y eso está bueno por un rato. Sin embargo, ya se deben ver condenas reales para personas que cometieron delitos.

Si Vizcarra logró terminar el año fortalecido en su relación con la gente, ¿quiénes quedaron debilitados? ¿Los partidos?

Si hablamos de partidos, Fuerza Popular salió debilitada, lo que significa que manejó muy mal sus cartas en estos tres años. Igual, es un movimiento importante.

Por cierto, sacará una bancada apreciable.

Es muy posible. En cambio, el APRA luce más golpeado porque para la mayoría el suicidio de Alan García supuso un reconocimiento de culpabilidad. Otro sector al que también veo debilitado es a Solidaridad Nacional, que apuesta por la opción más extrema-conservadora. Se suponía que había un sector grande ahí, pero no se está expresando en intención de votos. De otro lado, ninguna de las vertientes de la izquierda aparece con una fuerza significativa.

¿Es posible definir al elector peruano?

Hay muchos tipos de electores. El de Lima suele ser más informado y politizado que el de fuera de Lima, que está un poco más alejado de los asuntos políticos. Segundo, el peruano es un electorado, en su mayoría, desilusionado, no de los últimos 20 años, diría que de los últimos 40. Por eso es pragmático y, a la hora de votar, piensa más en algún beneficio inmediato.

Me dice que hay una desconexión entre el peruano y los asuntos políticos. Lo curioso es que, acaso como nunca, lo político captó la atención general el 2019.

Claro, por los casos de corrupción, por el enfrentamiento y la disolución del Congreso. ¿La gente sigue los proyectos de ley en el Congreso? Ni siquiera sabe cómo se llaman los ministros. La mayoría, por eso, se ubica en el centro, porque no cree en extremos. Es un centro bien “light”, que no sigue con atención el debate político.

Los peruanos se engancharon al drama político, en todo caso.

Exacto, al gran teatro de la política, para ver cómo caen estos personajes famosos.

Una curiosidad final, ¿los peruanos creen en las encuestas?

La mitad cree y la otra mitad no cree. Tenemos más o menos la misma credibilidad que la prensa. En el caso de los políticos, cuando los números los favorecen o coinciden con lo que piensan, son más creíbles. En el caso contrario, creen menos.

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