Toros, gallos y otras tradiciones

“No se puede aplicar el llamado derecho consuetudinario para atenuar responsabilidades”.

René Gastelumendi
27 Feb 2020 | 5:53 h

No todas las manifestaciones culturales y tradiciones son buenas por el solo hecho de que lo sean. Tampoco, cuando alguna cultura o tradición colisiona con algún principio innegociable significa que dejen de ser tales. Es decir, que algo sea bueno o malo para nosotros no marca la frontera entre lo que debe ser considerado o no cultura y tradición, puesto que, desde los albores de la humanidad, abundan los ejemplos de barbarie que, en su espacio tiempo histórico, fueron cultura y tradición en determinados contextos. Las corridas de toros y las peleas de gallos son un innegable patrimonio cultural aún vigente por estos lares, como lo son las mutilaciones de clítoris en el África, el sexo con mujeres menores de edad en el ande, las decapitaciones a seres humanos en el Medio Oriente. La lista es interminable. El punto es que las corridas de toros y las peleas de gallos no se llevan a cabo, en el siglo XXI, en ambientes aislados de la civilización occidental, sino que, más bien, dentro de sociedades cuya evolución ya está recogida en las leyes. Por tanto, representan un anacronismo, un rezago de otros tiempos en los que los derechos humanos, incluyendo los de los animales, no estaban asimilados ni consagrados. No se puede aplicar el llamado derecho consuetudinario para atenuar responsabilidades. Es imposible ser 100% coherente con el maltrato animal, pero una cosa es tragarse la contradicción, muy cuestionable, por cierto, del maltrato industrial con fines alimenticios y otra, muy distinta, celebrarlo con apoteosis. Que la vida nos cornee por donde merecemos.

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