Pandemia y cultura política

“En lo inmediato, será indispensable empezar por rediseñar los sistemas de salud, para asegurar en el futuro una salud pública basada en la solidaridad colectiva”.

Rafael Roncagliolo
28 Mar 2020 | 6:25 h

Todo traumatismo colectivo, como éste del coronavirus, que además es global, debe tener un efecto, en este caso también global, sobre las mentalidades, la cultura y la política.

La peste negra, que mató a un tercio de la población europea (más de 25 millones de habitantes) en el siglo XIV, incentivó el antisemitismo y los pogromos; y el SIDA, reconocido en 1981, alimentó los movimientos políticos de homosexuales y a la larga de género.

En el siglo XX, después del trauma de la Primera Guerra Mundial, el espíritu de las trincheras fue llevado a la política, es decir a considerar al otro como enemigo y no como adversario. Violencia y odio. De clase, nacional o étnico. Las palabras lo dicen todo: “milicianos” fascistas y “militantes” comunistas son nombres que provienen de milicia. Militarización de la política, en la antinomia amigo–enemigo de Karl Schmidt. Aunque esto venía del jacobinismo de la revolución francesa y, antes, del puritanismo religioso, la guerra lo potenció.

Las manifestaciones más notorias de la militarización de la política se produjeron en la Rusia bolchevique, en 1917; en la Italia fascista, en 1922; en el Portugal de Oliveira Salazar, en 1926; en Alemania desde 1919 y luego con los nazis; en la guerra civil de España, en 1936. Pero también en el Ku Klux Klan, el “Big Red Scare” y la violencia contra los sindicalistas y los negros en EEUU, así como en la violencia anticlerical en Rusia, México y España. Presenta muy bien estos casos el libro Políticas del odio, una colección de trabajos dirigidos por los españoles Fernando del Rey y Manuel Álvarez Tardío.

Con la Segunda Guerra Mundial, continuación de la primera luego de un paréntesis de veinte años, se siguió alimentando la misma cultura maniquea. Los malos pueden ser los comunistas o los capitalistas, los políticos o los técnicos. Pero para el ideal democrático, la política no es la continuación de la guerra (como asumían los ex combatientes, parafraseando a Clausewitz), sino su antítesis.

Es posible, aunque no seguro, que la pandemia tenga el efecto contrario: incrementar la solidaridad. No buscar culpables sino pensar todos juntos cómo salimos adelante.

Puede resultar así, porque no hay manera de enfrentar al virus sin un despliegue total de solidaridad. Por eso se recuerda tanto en estos días la novela La peste de Albert Camus, que es un verdadero tributo a la solidaridad. En su caso, ante una imaginaria peste ocurrida en la ciudad argelina de Orán en los años cuarenta del siglo pasado, Camus concluye que “hay en los hombres más cosas dignas de admiración que de desprecio”.

De modo que el coronavirus puede dejarnos costumbres más higiénicas y también una mayor solidaridad entre los seres humanos. Y un mayor respeto por el otro, o sea tolerancia. El propio presidente Macron, de Francia, ha cuestionado el modelo de desarrollo vigente.

En lo inmediato, será indispensable empezar por rediseñar los sistemas de salud, para asegurar en el futuro una salud pública basada en la solidaridad colectiva y no en el lucro particular. Si no lo hacemos,la alternativa será el autoritarismo galopante.

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