Un mundo feliz

“Han bastado unos días para que los ecosistemas ocupados por el hombre recuperaran parte del territorio perdido”.

Raúl Tola
28 Mar 2020 | 6:16 h

Vistas desde el confinamiento, las actividades que unas semanas atrás eran cotidianas hoy resultan extraordinarias. Comprar el pan, llevar a los niños al colegio, ir al kiosco por el periódico, jugar al fútbol, sacar a pasear al perro, regar el jardín, ni se diga ir al cine, al teatro o —en el colmo de la exuberancia— a tomar una cerveza con los amigos: incluso las obligaciones más tediosas y repetitivas parecen un lujo.

Encerrados en nuestras casas, atrincherados frente a ese enemigo invisible que nos amenaza desde el exterior, los momentos de máxima emoción se han reducido a las rápidas incursiones que hacemos al supermercado, la farmacia o la bodeguita de la esquina —sintiéndonos audaces, furtivos, intrusos en nuestra propia ciudad— y a ese momento mágico que ocurre a las ocho, cuando cae la noche y nos asomamos a aplaudir por los balcones y las ventanas.

Acostumbrados a nuestra libertad (un bien inestimable, cuyo verdadero valor solo se aprecia en coyunturas como esta), la vida en cuarentena nos resulta sofocante, rigurosa, antinatural. Tenemos la ventaja de la tecnología, que nos ofrece un abanico de distracciones que ayudan a hacer soportable esta reclusión, como las plataformas de televisión por streaming, los videojuegos o las aplicaciones de videollamadas.

Sobreviviente a la Guerra de los Balcanes, el entrenador croata de balonmano Sasa Jovic escribió: «Nos pasamos meses en un sótano. Sin ventanas, sin televisión, sin Netflix, sin PS4, sin poder salir a la calle. Porque si salías igual te caía una bomba o te alcanzaba una bala perdida. Los 14 días o alguno más [de cuarentena] me parecen de risa». Ana Frank pasó dos años y medio oculta en un gabinete de la trastienda de una fábrica de Ámsterdam con otras siete personas, hasta que los nazis los descubrieron.

Han bastado unos días para que los ecosistemas ocupados por el hombre recuperaran parte del territorio perdido. Resulta sobrecogedor ver las imágenes de cientos de venados cruzando las anchas avenidas de Nara (antigua capital del Japón), los jabalíes corriendo libres por Barcelona, los pavos reales sueltos por Madrid o las nubes de gaviotas y pelícanos remojándose sin preocupaciones en las playas de Punta Hermosa. El mundo sigue en nuestra ausencia, esperando a ese instante luminoso en que saldremos a las calles para saber cómo continuará.

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