Ficciones económicas, laborales y mineras (VI)

20 Jul 2020 | 13:04 h
Columna de César Caro.
Columna de César Caro.

Por ello, quizás es hora de plantear cambios en la distribución de las ganancias netas. Que las minas sigan a cargo de la administración privada, pero que la misma solo pueda quedarse con un máximo del 60% de las mismas.

En estos días de pandemia y desconcierto social y político al escuchar las expresiones de ciertos encumbrados personajes de la minería peruana, no puedo evitar el recordar a otros avaros tanto de la imaginación literaria como por ejemplo el Shylock de Shakespeare, el Ebenezer Scrooge de Charles Dickens; el Harpagón cicatero de Moliere; el Monsieur Grandet de Balzac, o alguien de la vida real: Jean Paul Getty cuya tacañería llegó al extremo en los años 70 cuando se negó a pagar un rescate a cambio de la libertad de uno de sus nietos, cediendo solo cuando los secuestradores enviaron una oreja del chico a un periódico.

Por ello, cuando escucho decir que es necesario “destrabar ciertos proyectos”, sin mencionar la posibilidad de cambiar las reglas de juego sobre todo en lo relacionado a la distribución de las ganancias netas, con la excusa de crear puestos de trabajo, no puedo dejar de pensar con Roosevelt, que hoy priman más los intereses que las ideas. Sentir que hace, --como en muchas ocasiones en la historia--, que los grupos económicos dominantes no se percaten o se resistan a entender que el mundo ya no es igual.

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Que la pandemia, aparte de acelerar procesos económicos y sociales, obliga a un cambio sustancial. Es cierto: antaño, para la mayoría de los grandes economistas el trabajo humano era el origen de toda riqueza y de todo valor. Adam Smith, Marx, David Ricardo, Stuart Mill y otros, coincidían de una u otra manera en que el valor de un bien o servicio dependía en forma directa de la cantidad de trabajo que lleva incorporado, principio que hoy, el mercado lo ignora y la empresa lo descarta.

La mano de obra se ha transformado en el recurso menos importante del proceso productivo. El trabajador es fácilmente sustituible, cuando no eliminable. El valor del capital es ahora mucho mayor que el del trabajo y la producción se realiza cada vez más a base de máquinas y tecnología y cada vez menos con la participación del esfuerzo humano.

Una fuerza laboral que, debido a la creciente modificación de los procesos laborales por la automatización de las fábricas y la informatización de la sociedad, cada día tiene menos posibilidades de conseguir un trabajo honesto y digno. (Al respecto una observación: suponiendo que se imponga Tía María sin definir ciertos claro oscuros, es cierto que en el proceso de construcción dará trabajo a cientos de trabajadores, pero una vez finalizada ésta, ¿cuántos puestos estables se crearán?). Muy, pero muy pocos. Y es que para la empresa privada el fin primero y último es el lucro. Algo que económicamente es correcto.

Y en ese sentido todas las empresas tienen que buscar maximizar las ganancias, que en nuestros tiempos implica tecnología de punta, más productividad del trabajo y menos empleos, lo que nos va llevar sí o sí a implementar la renta básica universal.

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Ahora bien, volviendo a Tía María y a otros yacimientos, cabe indicar que su construcción en una u otra forma, es financiada o subvencionada por el Estado, mediante varios mecanismos: estabilidad e incentivos tributarios, aparte de la denominada “depreciación acelerada”, que permiten deducir en la tasa impositiva los recursos invertidos. Por ello, quizás es hora de plantear cambios en la distribución de las ganancias netas. Que las minas sigan a cargo de la administración privada, pero que la misma solo pueda quedarse con un máximo del 60% de las mismas.

El resto pasaría a ser administrada por una entidad en que estén representadas tanto la empresa, como el estado y la sociedad civil, para procurar financiar además de la renta básica universal, proyectos que tengan viabilidad técnica, económica y social al margen de cualquier atisbo de corrupción.